La felicidad según Alain

66.- La felicidad según Alain

París, 1906


Rafael: La escuela de Atenas,1511

Cuando faltaban pocos meses para que se desencadenara la primera guerra mundial, Émile-Auguste Chabrier, más conocido por su seudónimo Alain, escribió alguna de sus frases más impactantes sobre la guerra y su relación con la esclavitud. Él mismo iba a participar pronto en las hostilidades aunque habría podido evadir su deber militar. Sentía que a pesar de la ferocidad de los combates también en la guerra se manifiesta la generosidad del ser humano. Pero en su pacifismo radical sentenciaba que lo más horrendo de la guerra es la esclavitud que la prepara y la esclavitud que la sigue. El gran desorden de la guerra es que los mejores caen y los hábiles pueden gobernar contra la justicia. Y en otro lugar carga con pasión contra el trato inhumano y cruel que suelen dar los jefes a los soldados. Las palabras citadas pertenecen a un corto artículo titulado El egoísta que publicó el 5 de febrero de 1913 en el periódico radical La dépêche de Rouen. Es uno de los más de tres mil micro-ensayos (en el original llamados propos, observaciones) que Alain publicó en ese y otros periódicos. Él mismo explicó en una página autobiográfica cómo componía sus breves apuntes. Los escribía de un tirón, a mano y limitando su extensión a dos páginas. No los corregía y los publicaba al día siguiente de escribirlos. No cobraba por ellos porque no quería que ningún editor los censurara o de otra manera limitara su libertad. Y tampoco admitía indicaciones sobre los temas a tratar, escribía sobre lo primero que le sugería la actualidad de la vida cotidiana o de los acontecimientos políticos.

 

Alain era un filósofo, o más bien un profesor de filosofía. Los primeros micro-ensayos los escribió entre los años 1906 y 1914, los interrumpió para enrolarse como voluntario en la artillería y los reanudó en 1921. No tenía necesidad pero no quiso quedarse al margen del sacrificio patriótico. Eso sí, no quiso ser promovido a rangos superiores ni aceptó condecoración alguna. Típico de su carácter lleno de convicción ideológica y no exento de un fuerte orgullo intelectual. Había nacido en el pueblo normando de Mortagne-au-Perche en 1868 en el seno de una familia de clase media. Sus evidentes talentos le llevaron pronto a estudiar letras y obtener cátedras de instituto en varias ciudades antes de acabar en París, donde enseñó en el Liceo Henri IV antes y después de la guerra. Su vocación le  iluminó como un relámpago en 1886 cuando estudiaba en el Liceo Michelet y encontró al filósofo que le inspiró durante toda su vida: Jules Lagneau, un viejo profesor inescrutable y profundo a quien Alain consideraba un dios y a quien fue fiel hasta sus últimos días. De él aprendió a amar a Platón, a Spinoza, a Hegel y a Kant como de niño había amado a Homero, Descartes, Balzac y Stendhal. Escribió después de la guerra libros pacifistas (Marte o la guerra juzgada, 1921) y sobre su interpretación de los grandes filósofos (Ideas, 1945). Una de sus obras más profundas, el Sistema de las bellas artes, que no es una obra sistemática, la escribió en plena guerra aprovechando los ratos libres cuando cayó herido en el frente y tuvo que ser dado de baja. Quizá más llamativo que lo que escribió es lo decisivamente que inspiró a algunos de los grandes escritores que fueron alumnos y admiradores suyos: Raymond Aron, Simone Weil, Julien Gracq y sobre todo André Maurois, que le dedicó una de sus excelentes biografías.

Alain era reacio a escribir sobre su vida privada: no me gustan las confidencias y no he podido escribir nada (sobre ella) ni siquiera en forma de novela. Este recato, sin embargo, es relativo, pues en 1936 publicó un libro apasionante titulado La historia de mis ideas en el que revela más sobre su personalidad que si se hubiera dedicado a contar anécdotas  personales. En él relata con todo detalle cómo y dónde fue adquiriendo su pensamiento y por qué decidió publicarlo sobre todo en el formato de pequeños artículos en los que trataba toda clase de temas, que abordaba desde el ángulo de su formación filosófica. Los propos fueron poco a poco publicados en tomos que los separan por especialidades: sobre la guerra, sobre “los poderes”, sobre la educación, sobre la naturaleza, etc. Uno de los más leídos trata Sobre la felicidad y es un rosario de atractivas observaciones sobre la conducta humana inspiradas en la filosofía de Descartes (Las pasiones del alma), una especie de libro de autoayuda sobre la relación de las emociones con el cuerpo. Están formuladas estas máximas en forma de paradojas e incluyen algunos curiosos consejos prácticos sobre cómo evitar o paliar el sufrimiento atendiendo a los avisos del organismo. En su momento se publicaron también colecciones de estos micro-ensayos en orden cronológico, sobre todo los de la época en que los daba a la prensa diariamente, entre 1906 y 1914. De este modo se puede contemplar mejor el fascinante funcionamiento de una mente privilegiada. Lamentablemente, no podemos conocer las razones que llevaban a Alain a escribir sobre ciertos temas y no sobre otros, lo que nos permitiría detectar la manera como su propia personalidad se cuela por sorpresa aún cuando trata los temas más abstractos. Su proceso creativo es espontáneo y audaz, a veces oscuro. Y es libre, aunque sólo parcialmente: es libre de las imposiciones ajenas pero a la vez esclavo de sus propias convicciones, que vivió con gran pasión y vehemencia.


Camille Pissarro: París en invierno

La política fue el motivo principal que llevó a Alain a escribir esta cuantiosa serie de apuntes sobre la mente, el cuerpo y la realidad exterior. Él mismo se calificó de radical y su pasión por la libertad le hizo participar en diferentes periódicos y revistas progresistas desde que,  a partir de 1906, se inició en este periodismo filosófico de nuevo cuño a partir de 1906. Su vocación de servicio a la sociedad le llevó a enseñar en las Universidades Populares que creó la III República francesa. Estaba cercano a un cierto anarquismo, o al menos a un pesimismo extremo acerca del comportamiento del poder. Consideraba que el poder es inmutable, que resurge intacto en su esencia tiránica después de cualquier perturbación o revolución, de donde la necesidad de una vigilancia extrema por parte de los ciudadanos. Estos, según él, deben ser educados no para servir al estado o a la sociedad sino para conseguir su desarrollo según los principios de libertad de espíritu y de singularidad del individuo. Naturalmente, Alain defendió la necesidad de una educación pública y laica, independiente de la iglesia. A la religión dedicó numerosos de sus ensayos y muchas alusiones en otros dedicados a temas diferentes, a veces muy lejanos. Y un libro tardío que tituló Los dioses (1933), que muestra que en realidad toda su filosofía fue una reflexión sobre la religión. Veía el mundo “lleno de dioses” y proponía con fingida ingenuidad que empezáramos por creer que todas las religiones son verdaderas para luego observarlas en detalle y discriminar: desde los dioses mágicos del animismo, los campestres como Pan, los dioses políticos como Júpiter y Yavheh y finalmente el cristianismo, que no dejaba de fascinarle como la religión más espiritual, la más humana. Rechazaba sobre todo las religiones oficiales en la medida en que se convierten con facilidad en pura política.

 

La implicación de Alain en los asuntos públicos, aunque como militante fue breve, se explica fácilmente si se piensa que su vida transcurrió en tiempos muy convulsos para su país. Francia salió de su derrota en la guerra con Prusia conmocionada y aturdida. Entre 1870 y 1875 cuando se aprobó la constitución de la III República se enfrentaron con encono el radicalismo de izquierdas heredero de La Comuna y la nostalgia monárquica y clerical. Al mismo tiempo, una vez que el gobierno de Thiers consiguió pagar la deuda por las reparaciones de guerra a Alemania, el país se benefició de una bonanza económica general y pudo iniciar, en competición con las grandes potencias de la época, con la propia Alemania y con Gran Bretaña en especial, la expansión colonial que alimentó el crecimiento y al mismo tiempo la confrontación entre ellas. El orgullo nacional herido por la derrota y por la pérdida de Alsacia y Lorena introdujo una inquietante pulsión militarista que estuvo a punto de acabar en dictadura militar a cargo del notorio general Boulanger. Culminó en el famoso affaire Dreyfus, en el que el orgullo militar primó contra la verdad y la justicia, no sin un inquietante ingrediente de antisemitismo. Los altos mandos mantuvieron a un oficial inocente confinado en la Guayana francesa bajo una acusación infundada que pronto se reveló como falsa. Querían evitar a toda costa el descrédito, el “perder la cara” ante la opinión pública. Alain vivió todas estas tensiones en el bando progresista, agravadas por su propia pasión intelectual y filosófica, que fue en aumento cuando empezó a comprender que la competencia colonial iba a desencadenar una gran confrontación europea. Mantuvo su pacifismo a ultranza hasta pasados muchos años de la guerra en la que participó, hasta el punto de que en los años treinta siguió oponiéndose por principio a cualquier guerra. En 1934 se adhirió al Comité de vigilancia de los intelectuales antifascistas y sin embargo no vió el peligro que representaba la Alemania de Hitler, hasta el punto de que dio por buenos los nefastos acuerdos de Munich e incluso siguió predicando la paz después de la invasión de Francia en 1940. A partir de 1936 una grave enfermedad le obligó a retirarse en soledad, físicamente inmobilizado y probablemente disminuido en su lucidez, como revelan los diarios que dictó al final de su vida.

 

¿Fue Alain el inventor del micro-ensayo? No me atrevería a afirmarlo, sobre todo teniendo en la mente a Baltasar Gracián y su Oráculo manual, que hizo compatible la mínima extensión de un ensayo que comenta un aforismo con la máxima intensidad de reflexión sobre la prudencia. Alain se sitúa en la estela de Montaigne, que no inventó el ensayo pero sí el nombre que se da a este peculiar género literario y fué, en palabras del romántico inglés Leigh Hugh “el primero que tuvo el valor de decir como autor lo que pensaba como hombre”. La diferencia está en la extensión pero no en el tono, que en ambos es profundo pero divagatorio y desordenado. Alain era un filósofo y no lo puede negar, mientras que Montaigne seguramente hubiera querido calificarse a sí mismo como un mero “observador de la naturaleza humana”, en palabras del dickensiano Mr. Pickwick. Ortega y Gasset definió el ensayo como “una exposición científica no acompañada de prueba explícita”. Parecía estar definiendo sus propios ensayos que sin embargo tenían una evidente pretensión científica. El ensayo se diferencia netamente del tratado y del artículo académico. Éstos van dirigidos a un público cautivo de especialistas, que esperan que toda afirmación venga apoyada por una prueba, a poder ser acompañada de un fuerte aparato crítico. El ensayista, por el contrario, trata temas que sabe que no puede dominar y, como ha escrito Fernando Savater, no desea probar nada; simplemente “merodea” en los asuntos que aborda. Los elige además al azar, pues no está sujeto a una disciplina profesional concreta. Por esta razón le está permitido, al contrario que al tratadista científico, dejarse adivinar personalmente en lo que escribe, pues se convierte en protagonista de su relato por muy abstracto que éste sea. A veces porque no tiene rubor para citarse a sí mismo como el autor de sus reflexiones. Otras porque, incluso sin saberlo, revela ideas propias atribuyéndolas a otros o a experiencias personales que coinciden con acontecimientos aparentemente ajenos a lo que escribe.     

 

El ensayo como género literario es tan antiguo como la propia literatura. Los títulos de algunas de las recopilaciones de Alain están calcados de algunos ensayos de los clásicos, como el de Séneca sobre la felicidad o el de Cicerón sobre los deberes. El propio Platón nos transmitió su sabiduría en ensayos dialogados, como también Baltasar de Castiglione elaboró su teoría sobre El cortesano en forma de conversaciones palaciegas. En el renacimiento se usó este género informal, no sometido a reglas de estilo fijas, precisamente para promover la educación cívica. Ya mencioné a Gracián y lo mismo podría decirse de los espejos de príncipes escritos por Maquiavelo o Saavedra Fajardo. En el siglo de la Ilustración el ensayo adquirió importancia política al orientarse sobre todo a la prédica del reformismo social. La Enciclopedia francesa contiene una serie de ensayos y el Diccionario filosófico de Voltaire no deja de ser una colección de micro-ensayos ordenados alfabéticamente. Los grandes ensayos de Rousseau sobre El contrato Social o el Émile sobre la educación ejercieron una profunda influencia en los prolegómenos de la revolución francesa y la admiración que les profesa Alain en su autobiografía de ideas muestra que su vigencia se mantiene hasta hoy, aunque en el siglo XIX, dominado por el principio de las nacionalidades, el tema favorito de los autores fue la reflexión sobre la esencia de los pueblos. Rousseau es para Alain atractivo no tanto por la política, que también, sino por su espíritu positivo y su continua observación de la experiencia común, uno de los ejes de su filosofía. La invención de este gran genio, nos dice, tenía que hacer pedazos al mundo y “alimentar a los siglos”. En el Émile, atacó sobre todo la obediencia, y no había mejor manera que ésta de ganarse la admiración del amante de la libertad que fue Alain. No puede haber paz (entre las naciones) por la guerra, escribió. Y lo mismo puede decirse en el interior de los estados. A veces parece que el poder quiere convencer; pero en sus acentos se puede comprender que ello no es más que una manera de forzar.

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(ALAIN: Propos; Ed. La Pléyade. París, 1956.– Id.: Histoire de mes pensés; Gallimard. París 1944.–Id.: Sobre la felicidad; Alianza Ed.Madrid 1966.–Id: Système des beaux-arts; Gallimard, París 1966.–MAUROIS, André: Alain, en De Proust à Camus; Perrin. París 1953.–Id. Histoire de la France Ed. Albin Michel, Mayenne, 1963.–SAVATER, Fernando: El arte de ensayar; Galaxia Gutenberg. Barcelona 2008)