Místicos en ala corte de Luis XIV

60.- Místicos en la corte de Luis XIV

Versalles, 1715

Bernini: busto de Luis XIV 

 

Cuentan las crónicas que el rey Luis XIV pronunció en su lecho de muerte la siguiente frase: “Me voy… pero el Estado permanecerá siempre”. Era el primero de septiembre de 1715. El  Rey Sol tenía setenta y nueve años y había reinado desde los cinco. La frase no tiene tanto impacto como la que normalmente se le atribuye, al parecer sin fundamento (El Estado soy yo), pero refleja bien su concepción del gobierno absoluto, sin límites ni restricciones, que ejerció desde que muy joven tomó las riendas del poder y se liberó de la tutela de su madre María Teresa de Austria. Luis no actuaba según una concepción clara del poder absoluto, sus diarios y otros escasos escritos son más bien anodinos. La teoría se la proporcionaban los tratados y sermones del obispo de Meaux, Jacobo Benigno Bossuet, un clérigo vehemente y ambicioso que no pudo satisfacer plenamente su aspiración de suceder a los grandes cardenales Richelieu y Mazarino, quienes habían dirigido los destinos de Francia durante medio siglo, convirtiéndola en un gran estado unificado y fuerte. Era “un siervo deslumbrado por su soberano, un plebeyo ávido de poder” (Raymond Schmittlein). El rey no quiso tener validos ni dejar que nadie le hiciera sombra o tocara su dominio exclusivo de los resortes del gobierno. Se contentó con aplicar a su reinado la teoría de Bossuet según la cual el poder real deriva directamente de la voluntad divina, tal como Dios es definido por la iglesia católica, sin permitir variaciones. La unidad y la autoridad son reglas inmutables, los súbditos deben prestar obediencia al rey, cuya autoridad es sagrada, absoluta y paternal.

 

Luis XIV llevó a Francia a la cúspide de su poder convirtiéndola en la potencia  hegemónica de Europa, lo que había sido el imperio español en los siglos anteriores. Aprovechando una gran bonanza económica basada en la política mercantilista de su ministro Colbert, libró tres guerras sucesivas al mando de sus tropas, que le permitieron expandir las fronteras en el continente y competir con Inglaterra y España en los océanos. Su máximo esplendor, político y cultural se situó en la década de 1680 y duró hasta que la guerra de sucesión española (1701-1714) dió paso al predominio del imperio británico. Para conseguir el máximo poder  y poner en práctica su política absolutista extremada, sin embargo, el Rey Sol tuvo que eliminar muchos obstáculos. Los grandes señores de la vieja nobleza, queriendo defender sus intereses tradicionales frente a la corona, habían organizado dos guerras civiles conocidas como La Fronda. Luis los redujo por la fuerza y después los concentró en el palacio de Versalles, que construyó como símbolo brillante de su poder. Allí los retuvo sujetos con la pompa del protocolo y entretenidos con saraos varios, óperas, bailes y cacerías. Tuvo también que atender a otro frente no menos amenazador, el religioso. Tras expulsar a los judíos de las colonias francesas, abolió el edicto de Nantes, que en 1598 había establecido la libertad de cultos y obligó al exilio a los protestantes que no quisieron convertirse. Se enfrentó al jansenismo y consiguió diluirlo con la ayuda de la iglesia, de la que obtuvo en 1682 una Declaración del clero francés, en la que la jerarquía eclesiástica manifestó su adhesión y reconoció la supremacía del rey sobre el poder de Roma: una autonomía total en materia política rayana en el cisma, aunque sin abandonar la ortodoxia en materia de dogma bajo la férula de Bossuet.

Versailles a vista de pájaro

En este mundo de tensiones vivió un personaje singular, François de Salignac de la Mothe, vizconde de Fénelon (1651-1715). Sobre su figura las opiniones son divergentes. En su obra Le sìècle de Louis XIV, Voltaire lo calificó como “el hombre más seductor de la corte…un corazón dulce y una imaginación suave y brillante”. Nancy Mitford, en cambio, lo despachó en su biografía del Rey Sol con menos benevolencia y ninguna ironía: un cortesano “fascinante, vanidoso y aristocrático”. Nacido de una familia de largo abolengo en la vieja nobleza, hizo desde muy joven carrera como eclesiástico, al principio de la mano del todopoderoso Bossuet, que le encargó pronto labores de conversión de protestantes y de dirección espiritual de notables de la corte. Luego le permitió sucederle como preceptor del duque de Borgoña, el príncipe heredero o “delfín” del reino y le consiguió a partir de 1695 los abundantes beneficios del obispado de Cambrai. Tenía Fénelon un temperamento romántico, soñador e inestable y era un gran escritor. En política estaba más cerca de sus pares en la nobleza que del absolutismo del rey. Suele suceder cuando cambia una dinastía que los nobles que se han beneficiado de los favores de anteriores monarcas sean apartados de las prebendas máximas y queden resentidos con el rey que consideran “usurpador”. Por esta razón, o porque tenía ideas más abiertas y menos absolutas sobre el poder real, Fénelon defendía algo parecido a un régimen monárquico a la antigua, limitado por leyes fundamentales, tal como había sido en esencia la monarquía francesa de los últimos siglos de la Edad Media. Esperaba que su pupilo el delfín pondría en práctica su política moderada cuando le llegara el turno sucesorio. Para ello le escribió una novela didáctica que se hizo pronto famosa: Las aventuras de Telémaco, libro notable por su estilo poético, una especie de remedo de la Ilíada y la Odisea que cuenta el viaje del hijo de Ulises en busca de su padre. El rey, comprensiblemente, entró en cólera cuando le leyeron el capítulo en que Telémaco visita un reino donde el monarca administra justicia a su súbditos con benevolencia y oye los consejos de los sabios, un rey lleno de dulzura y majestad.

Luis XIV no estaba para alusiones y confinó al suave obispo en su diócesis de Cambrai, arrebatándole su prestigiosa función de educador el príncipes. Además de su velada oposición política, Fénelon representaba para el rey otro tipo de amenaza en el flanco religioso, que tanto le costaba controlar. Y es que el obispo de Cambrai había caído en las redes de otro personaje no menos peculiar de la corte: Madame Guyon, mística y agitadora de poderosos “y poderosas”. Era devota seguidora del español Miguel de Molinos, que residía en Roma y estaba a punto de ser condenado a prisión por la Inquisición por su Guía espiritual,  que había publicado en 1675. La Guyon era una mística dominante y fanática que presumía de trances cercanos a la patología. Tras enfrentarse a su obispo, que la confinó a un convento, consiguió librarse de toda restricción y se hizo amiga de la reina, Madame Maintenon, que a su vez protegía a Fénelon. Ambos se encontraron en 1688 y nació entre ellos una estrecha relación espiritual que se trasladó pronto a las obras teológicas del obispo de Cambrai. La religiosidad de ambos, cercana a la secta quietista perseguida por Roma, se basaba en la idea del puro amor, en una oración pasiva y placentera, en la supresión de la voluntad y del pensamiento para dejarse invadir por la gracia sin ayudarla ni ponerle obstáculos. Madame Guyon, según escribió el malévolo Voltaire, contaba que en uno de sus éxtasis había contraído matrimonio con Jesús y que “desde entonces ya no les rezaba a los santos, pues decía que la dueña de la casa no debía dirigirse a los domésticos”. 

Fénelon

 

Llama la atención la aprehensión con la que los poderosos han acogido siempre casos como el de Molinos o el de los otros «iluminados” que proliferaron en España y en Italia. Se sienten extrañamente amenazados por estos simples practicantes de una espiritualidad mística. Es verdad que defendían prácticas de dudosa ortodoxia, pues se alejaban de los sacramentos e incluso se creían exonerados del cumplimiento de los mandamientos de la ley de Dios mientras estuvieran poseídos por la presencia divina. Rechazaban, por tanto, la disciplina y las instituciones del poder eclesiástico oficial. Por tanto, entraban en colisión directa con los principios de autoridad y obediencia que con tanto vigor trataba de imponer Bossuet en el reino de Luis XIV, que se extendían al campo de la fe como la otra cara del absolutismo político. Fénelon no era un místico puro sino más bien un teólogo del misticismo y consideraba los trances de su amiga Guyon como algo innecesario y excéntrico, muy ajeno a su carácter algo frío y aristocrático, propio al fin y al cabo del esteta que era. Pero su íntima conexión con los quietistas de Guyon y su defensa cerrada de la teoría del puro amor, de la atención exclusiva a un dios solitario sin la compañía de los santos y las vírgenes, fue vista como un peligro. Dió en todo caso al rey y a Bossuet la disculpa para apartar de la corte a un personaje que de todas formas veían como un representante de la reacción nobiliaria frente al absolutismo real. Ambos obispos, que en un principio habían sido amigos y colaboradores, chocaron abiertamente con sendos panfletos doctrinarios y el ortodoxo  Bossuet consiguió el apoyo del rey para pedir al papa Inocencio XII la condena de las Explicaciones de las máximas de los santos sobre la vida interior, obra polémica del obispo de Cambrai. El papa las condenó parcialmente en 1699 y Fénelon se sometió fielmente y sin dudarlo a la sentencia papal. Había escrito además una carta al rey con sus impertinentes consejos sobre el buen gobierno que no le envió pero que llegó a su conocimiento a través de los espías de la corte. Entre una cosa y la otra, Fénelon perdió parte de los privilegios y rentas varias que iban asociados a la dignidad episcopal y pasó los últimos años de su vida escribiendo y ejerciendo su labor pastoral en Cambrai, con prohibición de abandonar el territorio de su diócesis.

 

No es fácil saber quién fue en realidad Fénelon. Si es verdad que su religiosidad tendía al quietismo, es obvio sin embargo que se mantuvo siempre dentro de la ortodoxia, como lo muestra su pronta obediencia al papa. También hemos visto que su pensamiento político distaba de ser avanzado, salvo que se considere que su defensa de antiguas libertades señoriales hacían de él un liberal antes de tiempo en comparación con los excesos del absolutismo. Voltaire lo retrata ambiguamente, pues por un lado aprecia su talento poético y su elegancia pero por otro le atribuye un gran resentimiento contra el rey por su alejamiento definitivo de la corte. En todo caso lo cierto es que en torno a su figura se creó un mito que oscurece la realidad. Los escritores del siglo de las luces, ávidos de encontrar antecesores en los personajes notables del pasado, lo consideraron un precursor. Se basaron para ello en los escritos de un discípulo del místico, el inglés Ramsay, autor de su primera biografía, quien convirtió a Fénelon en jefe de filas de la secta de Guyon, y vió en su disidencia un apoyo a las incipientes aportaciones de los filósofos que iban a reinar en la Ilustración, empezando por los protestantes que se habían refugiado en Holanda y en Inglaterra cuando el rey suprimió la libertad de cultos. El propio Voltaire aventuró la opinión de que Fénelon murió como un escéptico, sin esperanza, como muestra un poema que escribió poco antes de morir. Los filósofos ilustrados quisieron sin duda adaptar el pensamiento de Fénelon a sus propios sueños, pero la desesperación del personaje parece que pertenecía más a su lucidez espiritual que a dudas religiosas: la “desesperación de la naturaleza” era para él la condición necesaria para obtener la confianza de Dios.

 

En la historia del cristianismo la aparición de corrientes místicas se ha producido por oleadas. Evelyn Underhill ha mostrado que estos brotes han coincidido con la clausura de un período de esplendor, como sucedió tras un primer despertar de los siglos oscuros de la edad media en las márgenes del Rin o en España e Italia en la salida del siglo del Renacimiento. El misticismo francés floreció tardíamente, en el siglo diecisiete. Sus semillas las puso a partir del 1602 la creación en París de un convento de carmelitas bajo la influencia de santa Teresa de Ávila y san Juan de la Cruz. Tuvo su apogeo, como hemos visto, a partir de la mitad del siglo y su principal representante fue la secta de Madame Guyon, seguida por místicos notables como Madame Acarie o la ursulina María de la Encarnación y apoyada discretamente, aunque no en sus excentricidades, por el obispo Fénelon. No tuvo un largo recorrido pues en los mismos años se estaba produciendo una profunda transición de la cultura en toda Europa, lo que el historiador francés Paul Hazard definió en 1935 como La crisis de la conciencia europea. Este período de cambios abarcó, según él, los años 1680 a 1715, curiosamente el año en que murieron tanto Fénelon como Luis XIV. El cambio de paradigma consistió en el abandono de una sociedad basada en los principios de autoridad real, dogma religioso y disciplina social para dar paso al imperio de la razón, la duda intelectual y la libertad de pensamiento. Ya desde el Renacimiento el descubrimiento de nuevos mundos había abierto las mentes a la aceptación de la existencia de otras civilizaciones. La reforma protestante supuso el fin de la uniformidad religiosa dentro del cristianismo y junto a él apareció el escepticismo filosófico o relativismo, alimentado por los protestantes y por los judíos exiliados. El progreso científico se ocupó del resto. En esta aurora de cambios tan fundamentales no es de extrañar que los poderes constituídos se cerraran a cualquier intento de introducir dudas en las verdades recibidas. Fénelon, el culto, religioso y aristocrático protagonista de nuestra historia, no podía menos que sufrir las consecuencias de su tímido y puro amor.

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(FENELON, Francis: Spiritual works; Warrington, 1825.–VARILLON, François: Fénelon et le pur amour; Imp. Tardy, París 1957.–UNDERHILL, Evelyn: Mysticism. A Study in the nature and Development of Man’s spiritual consciousness; Dutton and Co., Nueva York, 1961.—JOSSUA, Jean Pierre: Seul avec Dieu. L’aventure mystique; Gallimard, Evreux, 1996.–VOLTAIRE: Le siècle de Louis XIV; Garnier Flammarion, París, 1966.–.–MITFORD, Nancy: The Sun King; Hamish Hamilton, Londres 1966)