EL HERMANO LOBO DE GUBBIO

15.- El hermano lobo de Gubbio

Asis, 1205

 

El varón que tiene corazón de lis,

alma de querube, lengua celestial,

el mínimo y dulce Francisco de Asis…

 

Así empieza el poeta nicaragüense Rubén Darío su largo poema de 1914  (Los motivos del lobo) sobre la conversión del feroz lobo de Gubbio, una leyenda que figura entre las más entrañables historias recogidas en la colección de Florecillas de San Francisco. En el pueblo de ese nombre, cercano a la ciudad de Asís, un lobo peligroso devora rebaños y pastores y tiene a todos aterrorizados. Francisco sale a su encuentro, le trata de “hermano” y le pide que cese en sus ataques a cambio de conseguir que los vecinos se comprometan a alimentarlo y cuidarlo. El lobo se queda, pasea por la aldea como un dócil animal casero y concluye sus días en paz y armonía con los vecinos. Rubén Darío creó una versión pesimista de esta leyenda. El santo realiza su milagro y amonesta a los pueblerinos para que cumplan con el lobo: En el hombre existe mala levadura…Mas el alma simple de la bestia es pura. A continuación tiene que ausentarse para uno de sus largos viajes de predicación y de vuelta al pueblo de Gubbio se encuentra con que el lobo ha huido de nuevo al bosque y renovado sus violentos ataques. Va en su busca y lo reprende dulcemente, a lo que el animal responde que en su ausencia los pueblerinos le dieron de palos y lo expulsaron: me sentí lobo malo de repente; pero siempre mejor que esa mala gente. El santo se aleja triste y cansado…No le dijo nada. Le miró con una profunda mirada, 

y partió con lágrimas y con desconsuelos… 

 

      La ternura de esta historia resume en una imagen la esencia de la santidad de Francisco de Asís, la fraternidad de un hombre con toda la naturaleza, un amor cuya fuente literaria hay que buscar en la poesía de los trovadores de la Provenza de su tiempo. En efecto, Francisco nació en 1181 y muy joven pudo viajar al Sur de Francia acompañando a su padre, un rico comerciante de telas de la ciudad de Asís. Signo de los tiempos: Europa había empezado a salir de los “siglos oscuros”, las ciudades comerciaban con el exterior y conocían a través de este intercambio los avances que había producido una riqueza agrícola que habían traído nuevas técnicas, una mayor producción artesanal que enriqueció a las ciudades, una inquietud intelectual y espiritual nuevas. La iglesia católica se enfrentaba a variados desafíos. Pugnaba con el imperio para consolidar su poder, que había afirmado la reforma gregoriana y quería consolidar el poderoso papa Inocencio III. Veía surgir muestras de desafección por los escasos progresos en la purificación del clero y herejías potentes: la de los cátaros, o herejía albigense fue contemporánea de la floración trovadoresca y de los viajes de Francisco. Los movimientos monásticos de Cluny y la apasionada predicación de san Bernardo de Claraval desde las sedes cistercienses no habían bastado para poner orden en una iglesia que se veía perturbada por guerras, corrupción, conflictos sociales y cruzadas desordenadas hacia el Santo Sepulcro.

 

Francisco participó muy joven en una guerra local pero no menos cruenta que cualquier otra: la que enfrentó a su ciudad, Asís, que era gibelina por encontrarse en el ducado de Spoleto, dentro de los territorios controlados por el imperio, contra la cercana Perugia, ciudad güelfa dentro de los estados papales. En el año 1205, tuvo una visión en la que Dios le ordenó reconstruir la iglesia de San Damián, derruida por alguna de aquellas calamidades que asolaban el país. Francisco entendió la visión como una llamada a la vida religiosa. Vendió telas de su padre para pagar la restauración del templo y sufrió por ello castigo y encierro. Renegó del amor de su familia para entregarse por entero a su vocación y empezó una vida de oración y predicación libre, fuera inicialmente de toda organización. Su afán de imitar a Cristo le llevó cultivar con pasión a nuestra señora la pobreza y a predicar el amor a la naturaleza toda, incluidos los hombres pero no sólo ellos: comenzó, según cuenta la leyenda, a considerar hermanos suyos a todas las criaturas, incluso las inanimadas y predicó, como al lobo de Gubbio, un sermón famoso a los pájaros del cielo.

 

Giotto: San Francisco predica a las aves

 

En 1901, Hermann Hesse, fascinado por la personalidad de Francisco, le dió un papel destacado en su primera novela, Peter Camenzind, y dedicó al santo una entusiasta biografía, un libro de culto donde exalta precisamente ese afán de entrega total que caracteriza a ciertos personajes, que no sólo dedican toda su vida y toda su energía a una causa sino que están dispuestos a morir por ella. En Francisco, según él, la entrega es tal que parece transportarnos al principio de la creación, a una simbiosis completa del hombre con la naturaleza, divina y humana. G. K. Chesterton también dedicó al santo de Asis un ensayo biográfico que subraya como rasgos más llamativos de su personalidad una total libertad y un aliento misteriosamente poético. Cantó al sol y a todas las criaturas en un notable poema que evoca extrañamente el culto de nuestros lejanos ancestros paganos al astro rey. Es la única obra suya de la que conocemos el texto. El resto, podemos imaginarlo, fueron cánticos e himnos que improvisaba por los caminos en sus prédicas. En su calidad de juglar de Dios, de artista vagabundo, ha fascinado a poetas y artistas a lo largo de los siglos: a su discípulo Jacopone da Todi, al gran Dante, al pintor Giotto y a los románticos. Fascinó no tanto por su obra literaria como por el carácter profético de su propio modo de vida, no exenta de una cierta ingenuidad entusiasta. Los escépticos como Ernest Renan y Mathew Arnold, escribió Chesterton, no pueden comprenderlo porque la religión de Francisco no era una filosofía sino una manifestación concreta de amor. Al hombre, que no a la humanidad en abstracto, a Cristo más que al cristianismo. 

 

Francisco rechazaba cualquier intento de organizar el movimiento que su irresistible carisma acabó generando. Su predicación y la de sus discípulos en toda Europa, que no contaba con una doctrina propia más allá de la predicación de la pobreza y el amor, generó un seguimiento masivo, una movilización de aquellas masas inquietas y depauperadas que periódicamente abandonaban sus casas y se esparcían por los campos en busca de la salvación. Era época de cruzadas y Francisco fue también llamado a la conversión de los musulmanes en circunstancias casi cómicas. El papa Inocencio III le dió en 1219 el encargo de convertir al sultán de Egipto Malik-al-Kamil, a cambio de aprobar la regla de la orden que Francisco había consentido en organizar para poner algo de orden en el caos de los primeros tiempos de apostolado disperso y espontáneo. Tras varios intentos y viajes frustrados, los predicadores franciscanos llegaron a Damieta, en el delta del Nilo, donde encontraron a los cruzados y a las tropas del sultán en plenas hostilidades. Francisco quedó horrorizado por la conducta de los soldados cristianos, muy poco evangélica, y tras correr peligro de ser apresado y asesinado, consiguió finalmente ver al sultán. Platicó ampliamente con él sobre religión, pues intentaba concluir la cruzada por medio de la predicación, renunciando a la violencia. Según el libro de las Florecillas, el sultán quiso tentar al santo valiéndose de una mujer pecadora. Él, para sorprenderla, introdujo sus pies en el fuego que ardía en su tienda sin quemarlos. Invitó a la mujer a unirse a él y el prodigio aterrorizó a la tentadora, que abrazó el cristianismo, lo que también hizo a la larga el sultán. Hay otra versión de la leyenda, según la cual Francisco discutió con los acompañantes del sultán y les ofreció someterse a una ordalía por el fuego para poner a prueba cuál de las dos religiones en litigio era la verdadera: los clérigos musulmanes rehusaron prudentemente.

La vida de Francisco no estuvo exenta de problemas y el poema de Rubén Darío, en el que el santo encuentra que su predicación al lobo y a los pueblerinos ha tenido un valor muy efímero, parece reflejar lo que ocurrió cuando el viaje de cruzada a Egipto. Corrió entonces en Italia la falsa noticia de que el santo había muerto como mártir a manos de los musulmanes. A su vuelta se encontró que había estallado un grave conflicto entre los suyos. Una facción de sus discípulos soportaba mal el rigorismo de la prescripción de pobreza, foco principal de la predicación del santo. Frente a ellos, los que fueron llamados “espirituales” mantuvieron su insistencia en proteger la esencia del legado franciscano. El fundador la reiteró en un famoso Testamento poco antes de morir: en él volvió a rechazar a la exigencia de que sus seguidores fueran obligatoriamente clérigos. También dijo no a los privilegios que algunos buscaban para equipararse a la clase sacerdotal, o a la exigencia de que tuvieran estudios como mérito superior a la práctica de la caridad; sobre todo, insistió con un no rotundo a la relajación de la regla de pobreza. Las autoridades eclesiásticas de la época no apreciaban tanto fervor evangélico, que las ponía en evidencia. No tardaron en desautorizar a la facción de los “espirituales”, a quienes los papas Bonifacio VIII y Juan XXII condenaron con rigor. San Buenaventura, que fue la máxima autoridad de la Orden en torno al 1279,  intentó mediar entre las dos tendencias y consiguió el apoyo de la Santa Sede. Pero la tregua duró poco tiempo, pues los “espirituales” se radicalizaron y acabaron en el exilio o en la secta de los Fraticelli, que protagonizaron protestas radicales cercanas a la herejía y a la anarquía.

 

Giotto: San Francisco recibe los estigmas 

 

Este extraordinario personaje reunió en su persona esa mezcla de un activismo proselitista algo alocado con la visión directa de la divinidad que es característica de los grandes místicos. Francisco no quería obispados ni tampoco se consideraba teólogo. No apreciaba especialmente las teorías desarrolladas por el misticismo especulativo que  la orden dominicana de predicadores extendía en su tiempo por Flandes y por la cuenca del Rin, cuyas raíces se remontaban a las enseñanzas neoplatónicas de los padres de la iglesia griega. Francisco se inclinó por un tipo de misticismo simbólico y afectivo tal como el que había defendido un siglo antes Bernardo de Claraval, otro santo activista y radical, que lanzó en 1145 la segunda cruzada a Tierra Santa. Bernardo promovió un giro profundo en la religiosidad de la época, poniendo el acento en el carácter humano de Jesús. El arte sacro empezó a representarlo en imágenes como un Cristo crucificado, muy lejano a la tradición bizantina en la que aparecía caracterizado como un pantocrátor, un monarca todopoderoso y triunfante en su majestad. El misticismo de Bernardo era más adecuado a la espontánea y sencilla espiritualidad de san Francisco, ajena a complicaciones teológicas pues, en medio de tantos cismas y guerras, el pueblo era más receptivo a un repliegue en la vida interior que a las disputas teóricas. Francisco fue seguido en esta via por santa Clara, contemporánea suya y vecina también de Asís, y por muchos otros discípulos, como Angela de Foligno, que se convirtió en el 1285 y tuvo un papel activo en la tendencia rigorista de los seguidores de Francisco.

 

El santo de Asís murió en 1226 con sólo cuarenta y cuatro años y fue prontamente canonizado, dos años más tarde. Sufrió varias enfermedades graves y un dramático episodio místico en el monte Alverno, donde se retiró a meditar y ayunar cuando estaba ya muy enfermo. Cuando tuvieron que cauterizarle una herida en la cara tuvo el buen humor de sermonear suavemente al “hermano fuego” y pedirle que fuera gentil con él. Su cuerpo estaba maltrecho por las privaciones y su espíritu muy debilitado por los disgustos. Su carismática personalidad y el heroísmo de su predicación tenían inevitablemente que ahuyentar a los mediocres, pues es frecuente que la obra de los reformadores bienintencionados no se prolongue mucho más allá de su vida activa.

 

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(DARÏO, Rubén: Poesías completas; Aguilar, Madrid, 1961.–HESSE, Hermann: Franz von Assisi; Insel Verlag, Frankfurt 1888.–FRANCIS von ASSISI: The Little Flowers of Saint Francis; Everyman Library, Nueva York 1973.–VINCENT, Catherine: Introduction à l’histoire de l’Occident médieval; Livre de Poche, Paris 1995.–DUBY: L’art et la société; Quarto-Gallimard, Paris 2002.–JOSSUA, Jean-Pierre: Seul avec Dieu. L’aventure mystique; Découvertes Gallimard, Paris 1996)